
No funcionaba.
– Yo antes tomaba montones de pastillas: codeína, ergotamina, pastillas de calcio… pero he dejado de tomarlas. Vomito cuando tomo pastillas…
Alarmado, él notó que se acercaba. Y sí, definitivamente, tenía el pelo largo, color canela oscura. Otras impresiones lo bombardeaban: el olor a fresas, a camelias. Una boca sensual, de labios generosos. Los ojos claros. Azules. Muy azules.
– Vete -repitió.
Si tenía que echarla a empujones, lo haría. Acabaría agotado, pero lo haría.
Por fin, ella pareció entenderlo porque se dio la vuelta. Fox oyó sus pasos, oyó el ruido de la puerta, las voces de sus hermanos y luego la puerta cerrándose de nuevo.
El repentino silencio debería haberlo hecho sentirse en paz, pero no era tan fácil. Fox se concentró en cerrar los ojos, sin moverse, sin pensar, sin respirar más de lo necesario. Pero el rostro del niño volvía a aparecer en su mente. Un niño pequeño, como los niños a los que solía dar clase de historia…
Y el golpeteo que sonaba en su cabeza era como el mazo de un juez, como si lo estuviera acusando de un terrible crimen, como si lo hubiesen declarado culpable sin darle la oportunidad de defenderse.
Entonces volvió a oír su voz otra vez… su voz, su presencia y sí, sus perros. Uno se sentó en su estómago e intentó chupar su mano.
– Abajo, Mop -dijo ella y, de nuevo, el animal obedeció-. Normalmente trabajo en casa, así que mis perritas están acostumbradas a mis pacientes. Y cuando no estoy en casa, dejo abierta una puertecita que da al jardín. Pero no les gusta que me vaya por las noches, así que suelo llevarlas conmigo.
– No… -murmuró Fox.
Aquello había ido demasiado lejos. El propósito de la charla era distraerlo y estaba harto. Entonces oyó que encendía una cerilla. La chica apagó la lámpara y encendió una vela. Aquella desconocida había apagado la lámpara y encendido una vela… Aunque la oscuridad era mucho más agradable para sus ojos, para su cabeza.
