
– Cierra los ojos.
– Por Dios bendito… ¿tengo que echarte de mi casa a empujones?
– Cierra los ojos y relájate. No tienes que preocuparte por mí, no voy a molestarte. Calla y relájate.
Aquello era tan ridículo que Fox se quedó momentáneamente estupefacto. Incluso desaparecieron los recuerdos. Imaginaba que debía de ser enfermera o algo parecido, pero le daba igual.
– No sé qué demonios estás… yo, ¿qué…?
Lo había tocado.
Estaba detrás de él y había puesto las manos en sus sienes. Unos dedos largos, suaves, acariciaban sus sienes y su frente. Le estaba poniendo una sustancia, una crema. Ella empezó a masajear su frente, el puente de la nariz, el cuero cabelludo…
Fox abrió la boca para decirle que se fuera, incluso pudo emitir la «J» de la palabra que iba a decir, pero no lo hizo.
Quería decir un taco, pero no le salía nada.
Exasperado, intentó hablar, pero ella seguía masajeando su cabeza con aquella crema…
– No puedo eliminar una migraña, pero si podemos conseguir que te relajes, al menos podrás dormir un rato. Estás tan tenso por el dolor que no puedes relajarte. Si pudieras moverte un poco, el brazo del sofá no me molestaría tanto…
Él había dejado de escucharla. No podía escucharla. Estaba demasiado ocupado… sintiendo.
Aquella chica seguía masajeando sus sienes, sus orejas, su cuello. Frotando, calmando, acariciando.
Cuanto más lo masajeaba, más sentía él una profunda excitación sexual. Aunque no le estaba haciendo nada sexual, no lo tocaba por debajo del cuello.
El dolor de cabeza no desapareció inmediatamente, pero las sensaciones que invocaba eran más grandes que el dolor, tanto como para distraerlo.
Ella empezó a canturrear por lo bajo la canción Summertime. Esa canción sobre lo fácil que era la vida cuando el algodón florece. Cantaba fatal. No tenía oído y debería ponerlo de los nervios, pero no era sí.
