– Gracias, Phoebe. Te queremos.

– Por favor…

Hasta que salió de la casa, tenía los hombros tensos pero poco a poco se fue relajando y su corazón empezó a latir con normalidad.

El masaje había sido erótico. No podía tocar a nadie, tocarlo intensamente, la clase de masaje necesario para ayudar a alguien, sin responder.

Así que darle el masaje a Fox la había excitado. Eso no era nada nuevo. Nada interesante. Nada de lo que debiera tener miedo.

– ¿Verdad, chicas?

Las perritas levantaron la mirada, como para darle la razón. Pero Phoebe parecía tener la respiración agitada.

Fue Alan quien la hizo sentirse inmoral y barata. Como si sexualidad y sensualidad fueran debilidades del carácter que la hacían menos que decente. Ella sabía que eso era mentira. Lo sabía, pero le costaba trabajo olvidarlo.

En su cabeza y en su corazón, creía que el tacto era el sentido más poderoso. Casi todo el mundo respondía al tacto. Podían pasar hambre, no dormir, podían sufrir toda clase de privaciones, pero la gente que no tocaba a alguien durante mucho tiempo perdía parte de sí mima.

Phoebe entendía perfectamente bien que el tacto en sí mismo no podía curar nada. Pero sí podía conseguir que alguien quisiera curarse. Ayudaba a descansar, recordaba hasta a las almas perdidas que había algo al otro lado de la soledad, la maravilla de conectarse, de encontrar a alguien que te tocara el corazón.

Phoebe entró en el caminito que llevaba a su casa, pasando delante del cartel:


Phoebe Schneider, Cultura física, Fisioterapeuta Diplomada.

Terapia de masajes para niños.


El cartel era la clave, se dijo.

Tenía que dejar de pensar en Fergus Lockwood como hombre y pensar en él como si fuera un niño.



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