
Un terapeuta tenía que saber qué motivaba a ese individuo.
Aunque ella no estaba pensando en qué motivaba a Fox.
No estaba pensando en él en absoluto.
– ¡Phoebe!
– Hola, guapo -como siempre, los ancianos de la residencia la saludaban efusivamente nada más entrar… y a sus perritas, tan bienvenidas allí los domingos por la tarde como ella.
En principio, tenía las manos llenas con los niños, pero el director de la residencia la había acorralado para que fuera a visitar a los ancianos los domingos. Ella no había dicho que sí porque fuera tonta, pero… en fin, no supo cómo decir que no.
Barney, a quien siempre llamaba «guapo», tenía noventa y tres años y era más delgado que un palo, pero tenía una buena mata de pelo blanco. Caminaba con un bastón y las manos le temblaban, pero seguía siendo un seductor.
– Qué guapo estás hoy. Creo que deberíamos escaparnos de aquí y tener una aventura.
– Anda ya. Tú eres joven y guapa…
– ¿Y tú no? -Phoebe le dio un azote en el trasero y siguió saludando a los otros ancianos. La peor zona era el ala de enfermos terminales. Siempre empezaba por allí. Nadie parecía tocar a los enfermos terminales salvo las enfermeras. Y nadie tenía tiempo para mostrarles afecto y cariño.
Mop y Duster podían subirse a las camas, las animaban a hacerlo incluso. Incluso los del grupo de Alzheimer acariciaban a sus perritas. Ella daba masajes a los ancianos en el cuero cabelludo, en la espalda, les metía las manos o los pies en agua salada… Algunos no respondían. Pero otros sí.
Una hora después fue a la zona este, un grupo más animado. Ellos se peleaban por tener a las perritas, no dejaban de hablar y se quejaban de todo.
Phoebe no podía evitar quererlos porque la hacían sentirse necesitada.
La mayoría habían perdido a su marido o su mujer y sus parientes parecían tener miedo de sus frágiles huesos. Tenían tanto hambre de unas manos, de un beso, de abrazar a alguien.
