El director de la residencia le había suplicado que trabajase para ellos regularmente. Decía que todos los ancianos se animaban con sus visitas, que para ellos marcaba una diferencia en salud y moral.

Eso era una bobada, claro. Pero durante unas horas Phoebe no paraba. Le lavó el pelo a Willa, no porque en la residencia no hubiera peluquero sino porque Willa adoraba que le diera un masaje capilar. Quién no, claro.

Y eso le recordó a Fox. Los hermanos Lockwood la habían confundido diciéndole que no había forma de llegar a él. Pero el pobre se había derretido con el masaje.

No podía dejar de pensar en ello… el pelo corto entre sus dedos, su mandíbula, su cuello… pero lo mejor había sido un momento cuando, finalmente, sintió que se dejaba ir, lentamente, cuando por fin desapareció el dolor en esos ojos oscuros.

– ¿Cómo es que aún no te ha enganchado algún hombre? -le preguntó Martha, como hacía siempre, mientras le frotaba los pies con aceite de bebé-. No lo entiendo. Eres tan guapa, con esa melena roja…

– Una vez estuve a punto de casarme -rió Phoebe-. Pero, afortunadamente, escapé de un destino peor que la muerte viniéndome a Gold River.

– Deberías haber encontrado al hombre de tu vida. No lo entiendo, los hombres deberían estar haciendo cola en tu puerta.

– No, creo que se ha corrido la voz de que soy una mandona.

Gus, que sólo le pedía una cosa cada semana: que se sentara a su lado en la sala de televisión durante diez minutos, de la mano, intervino también:

– Yo me casaría contigo, Phoebe. Puedes quedarte con todo mi dinero.

– Yo me casaría contigo por amor, cariño. No quiero tu dinero.

– Una chica tan guapa como tú debería ser más ambiciosa. Nadie puede sobrevivir sin ser un poco egoísta. Tienes que pensar en ti misma, buscar al número uno.

Era curioso, pensó, lo fácil que resultaba engañar a la gente. Ella no haría ese tipo de trabajo si no recibiera una recompensa. En realidad, era una egoísta que siempre pensaba en ella misma. Y lo demostró cuando sonó el móvil de camino a casa.



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