Recordaba esa boca. En realidad, recordaba cada detalle de su cara. No quería recordarla, pero era una de esas mujeres que un hombre no podía olvidar.

A saber por qué. No era ningún ángel. Eso seguro.

De nuevo, llevaba un top rojo, casi tan rojo como su pelo. Pero debía de haber comprado los vaqueros en la sección de niños porque le quedaban anchos en las rodillas y en el trasero. Luego estaban las botas, de tacón alto. Se mataría si caminaba mucho rato con ellas.

Evidentemente, encontrarlo en el baño la había parado en seco. Y seguramente no esperaba encontrárselo completamente desnudo.

Ella lo miró a los ojos, luego miró hacia abajo y luego volvió a mirarlo a los ojos a la velocidad del rayo.

– Ay, vaya, lo siento, yo, bueno… -empezó a decir su hermano-. Phoebe, Fox, lo siento. Fox, debería haberte dicho que venía con Phoebe… no había oído el ruido de la ducha, pensé que estabas en el salón…

Fox se tomo su tiempo para cubrirse con la toalla. En fin, ella ya había visto todo lo que tenía que ver y no había forma de esconder todas las cicatrices con una toallita. Además, si hacía movimientos rápidos podría acabar de narices en el suelo.

– ¿He llamado yo a una fisioterapeuta?

– Fox, tú sabes que la hemos llamado nosotros. Y ya te he dicho que no es como los otros fisioterapeutas. Es más bien una masajista.

– Ah, claro, una masajista -dijo Fox, mirándola a los ojos-. Estupendo, ya puedes irte a casa. Ésa es la única parte de mi cuerpo que sigue funcionando bien.

La chica suspiró, pero en lugar de ofenderse, como él había esperado, pareció más bien divertida.

– El sexo te iría muy bien, pero no has tenido suerte. No tengo entrenamiento para eso. Tengo un título de fisioterapeuta y gimnasia sanitaria, reflexología, gimnasia sueca, shiatsu, PNF…



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