
Nadie llamó a la puerta, nadie intentó entrar sin su permiso. Su grosería había dado resultado. Fox sabía que sus hermanos lo hacían con buena intención, que intentaban ayudarlo. Y él no quería pagar su enfado con ella, pero había algo en Phoebe que lo turbaba. Era algo raro, incómodo…
Pero sólo tenía que alejarse de ella. Era pan comido.
Phoebe apenas levantó la mirada cuando oyó un golpecito en la puerta. El sábado por la mañana la mitad del vecindario iba a su casa… una tradición que había empezado gracias a un truco que le había enseñado su madre: dejar en el porche un pastel de café con canela para que se enfriara.
Eso era todo. Ni el vecino más antipático era capaz de resistir el aroma. Pero, normalmente, los vecinos esperaban hasta las ocho de la mañana para llamar a la puerta.
Phoebe estaba con la cara lavada, descalza, los pantalones cortos y la camiseta arrugados cuando Gary asomó la cabeza.
– Hola, Phoebe.
– Hola. ¿Mary sigue durmiendo?
– Sí. Cuando está embarazada duerme mucho -contestó él, tomando un trozo de pastel. Su otro vecino, Fred, ya estaba sentado a la mesa. Tradicionalmente, aparecía apoyado en su muleta en cuanto ella encendía el horno.
– Te vas a quemar los dedos -le advirtió Phoebe.
– Como siempre.
Después de servirles un café volvió a la cocina para cortar un pomelo. Su especialidad era el pastel de café con canela y no quería presumir, pero era mejor que el de su madre. Y el de su madre era el mejor del mundo. Desgraciada e irónicamente, ella era una adicta al pomelo, algo por lo que los vecinos solían tomarle el pelo.
– Hola, guapa -la saludó Barb, otra vecina, mientras se peleaba con Gary por la espátula para cortar el pastel-. Dámela. ¡Pero si casi os lo habéis comido todo!
Phoebe se concentró en su pomelo. Los vecinos, gracias Dios, podían hacer que se olvidara de todo. Era la primera vez en varios días que no pensaba en Fox.
