Una vez dicho, sin embargo, no podía retirarlo.

– ¿Y como sabes que no soy promiscua?

– Muy bien, muy bien, no lo sé. No te conozco de nada. Pero me apuesto veinte dólares a que llevas un año sin acostarte con un hombre.

Entonces vio un brillo de sorpresa en sus ojos. No se había equivocado.

– No me conoces, es verdad. Podría estar casada y tener relaciones cuatro veces al día con mi marido.

– ¿Estás casada?

Ella levantó los ojos al cielo.

– No, no estoy casada y… ¿cómo demonios hemos acabado hablando de esto? Estábamos hablando de si quieres otro masaje o no. Está a punto de aparecer el dolor de cabeza, ¿verdad?

No sólo estaba a punto de aparecer. El principio era como un terremoto calentando su cráneo. Pero, por un momento, casi lo había olvidado. Había olvidado su cabeza, sus heridas, su depresión, que estaba delante de aquella chica casi desnudo, que su hermano estaba detrás de ella. Que la vida que él conocía parecía haberse esfumado porque ya no la reconocía.

Ella lo distraía. Había algo en ella que lo tocaba, que lo ponía nervioso, que lo afectaba sobremanera.

– Sí, tienes razón, el dolor está a punto de llegar y no necesito ayuda de nadie -le dijo, antes de volverse hacia su hermano-. Ben, déjala en paz.

No sabía por qué había dicho eso, pero tenía la impresión de que sus hermanos estaban presionándola.

Creía recordar que, la primera noche, ella le había dicho «no tienes que preocuparte por mí, no voy a molestarte» o algo parecido. Como si no se diera importancia, como si no estuviera haciendo algo que no había conseguido hacer nadie más que ella. Y eso lo había molestado. Ridículo, por supuesto.

Tenía la absurda impresión de que necesitaba que alguien la protegiera, que incluso podría considerarlo a él un protector. Eso sí que era completamente ridículo.

Sin decir una palabra más, Fox entró en su dormitorio y cerró la puerta. No había cerradura, pero no hacía falta.



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