
Los armarios de la cocina eran de color verde menta, la pared azul. El comedor, que ella había convertido en oficina, era de color malva y el pasillo daba a un salón pintado de amarillo. En total, el piso de abajo tenía prácticamente todos los colores del arco iris.
Y en algunas habitaciones hasta tenía muebles.
En la parte de atrás de la casa estaba la sala de masajes, con un vestidor y un cuarto de baño. La camilla de masaje era blanca, de vinilo.
Todo estaba muy ordenado, excepto una de las esquinas, en la que había sacos de cemento, ladrillos… y una apisonadora más grande que ella.
– ¿Se puede saber qué estás haciendo, chica? -preguntó Gary.
Phoebe tenía en la mano el plato de pomelo.
– Voy a construir una cascada.
– Una cascada -repitió Barb-. Pero cariño, si apenas tienes sitio para orinar. ¿Vas a construir una cascada dentro de la casa?
– No es tan difícil. Lo he visto en una revista…
Phoebe la vio en su mente. Quería la cascada al fondo de la habitación, una cascada con la altura de una ducha que formara un estanque rodeado de plantas tropicales…
– No es muy diferente de un jacuzzi y sería más natural, más relajante. Los padres podrían sentarse al borde con los niños…
Gary y Fred se miraron, miraron luego los sacos de cemento y soltaron una carcajada.
– No puede ser tan difícil encontrar a un albañil que me haga una cascada. Cosas más raras se hacen. Bueno, sé que no será fácil, pero…
– ¿Fácil? ¡Vas a necesitar cincuenta albañiles!
– Bueno, pues me da igual. Yo creo que es una idea muy práctica… ¿no os parece bonito?
– Yo creo que tú eres lo más bonito de este barrio -sonrió Fred-. Y si quieres construir una cascada, eso es lo que deberías hacer.
Pero entonces miró a Gary y los dos volvieron a soltar una carcajada.
En ese preciso momento vio a un hombre en la puerta… no a cualquier hombre, sino a Fox. Fox Lockwood.
