
Las perritas lo vieron enseguida y salieron corriendo a saludarlo.
Pero a Phoebe se le cayó el plato al suelo, rompiéndose en pedazos. Por un momento, no podía moverse. Su corazón latía como si le fuera a dar un ataque, como cada vez que veía a Fergus. Pero aquella vez era peor.
Era culpa suya que se le hubiera ocurrido la tonta idea de la cascada. Y culpa suya que hubiera limpiado la casa de arriba abajo. Sus hermanos eran adorables, de modo que si ellos hubieran causado esa aceleración cardíaca, podría entenderlo.
Pero ¿por qué sólo se le aceleraba con los hombres equivocados? ¿Dónde estaba la justicia en el mundo?
– ¿Phoebe? No quería molestar, pero el timbre no funciona y cuando oí voces…
– No pasa nada -lo interrumpió ella-. Éstos son mis vecinos: Barb, Gary, Fred… Os presento a Fox Lockwood.
– Nosotros ya nos íbamos -dijo Barb mientras estrechaba su mano con fuerza. Fox se puso rígido, seguramente por el dolor.
– Podéis llevaros el pastel de café. Luego nos vemos -dijo Phoebe.
Tardó un minuto en despedirlos, recoger las piezas del plato roto y los trozos de pomelo que habían rodado por el suelo, sufrir un ataque al corazón porque iba sin pintar, sin peinar y con una camiseta arrugada, hacer que Mop y Duster dejaran de portarse como cachorros en crack y luego volver con él.
Fox seguía en el mismo sitio.
– De verdad lamento haberte interrumpido.
– No me has interrumpido. Los sábados por la mañana, mis vecinos se pasean por aquí como Pedro por su casa. ¿Que querías?
– Me porté de forma muy grosera el otro día y quería disculparme. Cuando empieza dolerme la cabeza, me porto como un animal… Siento mucho haberte molestado.
– No importa. Además, yo sé lo que es el dolor -dijo Phoebe, mirándolo con curiosidad-. Pero podrías haber llamado por teléfono para pedir disculpas.
