
– Sí, bueno -murmuró él, tirándose de una oreja-. He probado de todo, pero no puedo librarme de los dolores de cabeza. Tú lo hiciste. Y si pudieras considerar tenerme a mí y a mi bocaza como cliente, te lo agradecería mucho.
Evidentemente, odiaba tener que pedírselo. Y Phoebe lo entendía, porque tampoco a ella le gustar tener que suplicar.
– Supongo que ahora mismo te duele, ¿no?
– Está a punto de llegar -suspiró él-. Pero no he venido por eso. Quería pedirte disculpas y pensé que, siendo sábado, no tendrías clientes.
– Muy bien.
– ¿Quieres decir que me aceptas como cliente?
– Sí. Si llegamos a un acuerdo -dijo Phoebe, sentándose en la encimera-. Si quieres que te dé masajes, mi idea es sentarnos para desarrollar un programa. No sólo debo tratar los dolores de cabeza cuando te parten por la mitad porque entonces llegaríamos demasiado tarde. Tienes que aprender ciertas técnicas para hacer que desaparezcan.
– ¿Qué técnicas? ¿Qué clase de programa?
– Quítate la ropa.
– ¿Perdona?
– Estás en mi territorio, Fox. Métete detrás de esa cortina y quítate la ropa… me da igual que te dejes los calzoncillos, pero quítate el resto de la ropa. Necesito dos minutos para colocar la sábana. Cuando salgas, túmbate en la camilla y tápate.
– Pero…
– Hazlo -le ordenó.
No iba a pensarlo. No iba a pensar ni cómo ni por qué aceleraba su corazón. O en aquella estúpida sensación eufórica que sentía estando a su lado.
Le había costado ir allí, particularmente siendo un hombre que odiaba salir de su casa. Y aunque cuando llegó no parecía sentir dolor, su expresión empezaba a cambiar por segundos.
Phoebe envió fuera a las perritas, desconectó el teléfono, colocó una sábana sobre la camilla… pero era muy pequeña, para niños. Buscó una grande y la metió en la secadora para calentarla un poco.
Unos minutos antes estaba preocupada por su propio aspecto, pero ya le daba igual. Impaciente, se hizo una coleta mientras pensaba qué aceites iba a usar. Decidió que lo mejor sería un bálsamo de limón, mejorana y caléndula. Puso un CD y luego, estratégicamente, colocó varias toallitas pequeñas para la zona del cuello, las rodillas y los riñones.
