En realidad, había aceptado ir porque… porque era tonta. Los Lockwood le parecieron tan encantadores que no pudo decir que no.

Entonces se dio cuenta de que el papel en el que llevaba la dirección ya no estaba en el asiento.

– ¡Mop, dámelo!

Mop escupió un trozo masticado de papel. Afortunadamente, la dirección seguía siendo legible. Phoebe dobló en la calle Magnolia y subió la colina. Supuestamente, sabía dónde vivían los ricos, pero nunca había tenido una excusa para pasar por allí.

Había varias mansiones sobre el río donde los antepasados de aquella gente habían hecho una fortuna con el oro. Las casas estaban escondidas tras altas cercas de piedra y puertas de hierro forjado, pero como los árboles no tenían muchas hojas en aquella época del año podía ver parte de las impresionantes mansiones. La mayoría construidas con piedra local y mármol, con enormes porches y bien cuidados jardines.

La casa de los Lockwood estaba en la esquina de una calle sin salida.

Phoebe atravesó la verja de hierro, pasó al lado de una casa de dos pisos con garaje, como le habían dicho, y se detuvo frente a una más pequeña. Los Lockwood la llamaban «la casa de soltero», un sitio en el que los hermanos solteros vivían hasta que se casaban y donde podían organizar juergas sin molestar a su madre. El concepto sonaba muy decadente, pero Fox vivía allí desde que salió del hospital.

De cerca, la casa grande no parecía tan lujosa. Más bien, agradable, acogedora, con todas las luces encendidas. Por contraste, sólo había una luz encendida en la casa de soltero, dándole un aspecto fantasmagórico.

A ella le gustaban las historias de fantasmas, se recordó a sí misma. Además, era demasiado tarde para echarse atrás.



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