
Antes de que pudiera salir de la furgoneta se encendieron las luces del porche, de modo que los hermanos debían de estar esperándola, pensó.
Mop y Duster saltaron del asiento y galoparon entre las sombras para hacer pis antes de dirigirse corriendo hacia ellos. Phoebe las siguió, más despacio. Los mismos Lockwood que la habían convencido en el aparcamiento del hospital estaban ahora acariciando a sus perritas, pero se pusieron muy serios en cuanto ella se acercó.
– Voy a pagarte ahora mismo -dijo Harry.
– Anda, cállate. Te he dicho que quinientos dólares es una barbaridad. No me gustan los chantajes -replicó Phoebe-. Y tampoco sé hacer milagros.
– No es eso lo que nos han dicho.
– Bueno, pues os han informado mal. Esto no tiene nada que ver con lo mío. Tu hermano pensará que estáis locos por traer aquí una masajista. Y yo también.
Encogiéndose de hombros, Ben le hizo un gesto para que lo siguiera, con las perritas adelantándose, como si conocieran el camino.
No era su tipo de decoración, pero la casa le gustaba. La cocina estaba llena de platos y fuentes de comida sin tocar, había armarios con puertas de cristal y el suelo era de barro. Tenía que identificar las cosas con la luz del pasillo porque, aparentemente, allí nadie creía en los beneficios de la electricidad.
Además de la cocina y un par de dormitorios, a la derecha estaba el salón. Phoebe estaba mirando la chimenea de piedra cuando oyó una especie de gruñido:
– ¿Qué demonios…?
Estaba claro que sus perritas se habían presentado ante Fox Lockwood.
El salón estaba apenas iluminado por una lamparita con una bombilla de cuarenta, pero enseguida vio que allí había mucha testosterona. Nada de estampados alegres en el sofá o las cortinas. Suelos de madera, persianas, muebles de madera oscura: la casa de un hombre. El sofá y los sillones, tapizados en tono granate, una mesa de madera con marcas de vasos… La habitación olía a polvo y al whisky de la noche anterior.
