
– ¿Por qué sigues aquí si el trabajo es tan malo? -preguntó Simon.
– Es una cuestión de principios.
– ¿De principios?
– Bueno, tal vez no exactamente, pero mi padre me aconsejó que no aceptara el trabajo, así que ahora no puedo volver y admitir que tenía razón. Me dijo que todo sonaba muy vago, y que si no tenía cuidado, acabaría siendo explotada, que ha sido exactamente lo que ha ocurrido. Estaba tan decidida a demostrarle que estaba equivocado que me negué a aceptar el dinero que me ofreció. Ahora no me podría ni siquiera permitir el marcharme, aunque quisiera. Me tuve que pagar el viaje yo misma, y todavía no me han pagado, así que, en este momento, tengo unas cinco libras hasta que se me acabe el contrato.
– ¡No me extraña que tus padres estén preocupados por ti! -dijo Simon, sacudiendo la cabeza.
– No es tan malo. Al menos estoy viendo cómo vive la otra mitad. Esta casa es fabulosa, y conozco a montones de personas muy sofisticadas, aunque sólo sea para ofrecerles una copa.
– No veo el interés de un trabajo en el que lo mejor que haces es servir copas a unas personas que se las podrían servir perfectamente ellos mismos.
– Tú no lo entiendes -replicó ella, enojada.
Aquella actitud era la típica de Simon. La frivolidad le era completamente ajena, lo que era una pena. Cuando dejaba de ser tan serio, podría ser bastante divertido, pero la mayor parte del tiempo se empeñaba en mostrarse superior a los demás.
¡Y el aspecto que llevaba! Tenía que ser la única persona en el sur de Francia con traje y corbata. Por muy ligera que fuera la tela y lo atrevido, para él, de aquel tono amarillo en la corbata, no dejaban de ser un traje y corbata.
