
De repente, el murmullo proveniente de la fiesta se hizo más fuerte, como si alguien hubiera abierto una puerta.
– Mira, tengo que seguir trabajando -añadió Polly-. La señora Sterne se pondrá furiosa si me ve hablando contigo. No te preocupes por mí, estoy bien. Mañana llamaré a mis padres y les diré que dejen de preocuparse.
– ¿Es que no puedo quedarme unos minutos? -preguntó él, dando un paso hacia el vestíbulo-. He venido directamente desde el aeropuerto y me vendría bien descansar un poco.
– ¡No! -exclamó Polly-. Me encantaría invitarte -añadió, al ver el gesto de sorpresa de Simon-, pero hoy no puedo. Los Sterne están dando una fiesta, como podrás oír, y tengo que trabajar.
– No te preocupes por mí. Me uniré a la fiesta. Así podré echar un vistazo a esta gente tan sofisticada que tan impresionada te tiene -afirmó él, dirigiéndose al lugar de donde provenía el ruido.
– ¿Qué estás haciendo? -exclamó Polly, horrorizada, mientras le agarraba por el brazo-. ¡No puedes entrar ahí!
– ¿Por qué no?
– Porque no te han invitado.
– No creo que a nadie le importe. Me parece que todos se están divirtiendo mucho -dijo él, inclinando la cabeza como si escuchara, para luego seguir avanzando hacia la puerta-. Nadie se va a dar cuenta de que hay uno más.
– ¡Simon, por favor, déjate de tonterías! -gritó ella, intentando detenerlo. Sin embargo, aquello era como intentar detener una roca. Nunca se había dado cuenta de que Simon era tan fuerte. Pero él se detuvo, para alivio de Polly, justo al llegar a la puerta-. ¿A qué te crees que estás jugando? ¡Esto no me hace nada de gracia! Si Martine te encuentra aquí, me matará.
A duras penas, Polly se las arregló para empujarlo de nuevo hasta la puerta. Sin embargo, cometió el error de soltarle un brazo para poder abrir la puerta. Inmediatamente, Simon de dirigió de nuevo a la fiesta.
