Polly se sentía como si estuviera en una pesadilla. ¿Cómo si no se podría explicar que Simon fuera amigo de su jefa? Sin embargo, al ver la manera en la que él la miraba, con un horrible brillo de diversión en los ojos mientras le daba la chaqueta, sintió que todo era real. ¡Aquello estaba ocurriendo de verdad!

– ¿Crees que tu doncella se haría cargo de mi chaqueta? -le dijo él a Martine, quien le hizo un gesto con la cabeza a Polly.

– Supongo que eso sí podrá hacerlo -replicó Martine, con sarcasmo.

– Yo… yo creo que todo esto es una equivocación -balbució Polly, que, de alguna manera, había extendido la mano para tomar la chaqueta.

– Efectivamente -contraatacó Martine, con una mirada gélida-, pero ya lo hablaremos mañana.

– Pero…

– Se supone que lo que tienes que estar haciendo es servir copas. Te sugiero que te pongas a hacerlo si quieres mantener tu trabajo hasta mañana.

Y con eso, tomó a Simon por el brazo y se lo llevó a la fiesta, dejándola a ella con la boca abierta y la chaqueta de él en la mano. ¡Incluso tuvo el valor de guiñarle un ojo desde la puerta!

Tal vez aquello había sido un sueño. Tal vez podría haber otro Simon Taverner, uno diferente, que sí tendría relación con los Sterne. Aquélla era la única manera de explicar que aquel hombre pareciera tan corriente y a la vez tan seguro de sí mismo.

Inconscientemente, se llevó la chaqueta de él a la cara y la olió. Aquel era el olor de Simon, un olor limpio, masculino y tremendamente familiar.

Polly apartó la cara de la chaqueta, algo avergonzada de sí misma y la llevó al perchero. Luego, recogió la bandeja de las copas, jurándose que Simon tendría mucho que explicarle cuando pudiera hablar con él a solas.

De vuelta a la fiesta, Polly lo buscó con la mirada. Allí estaba, flanqueado por los Sterne, quienes, obsequiosamente, le estaban presentando a un grupo de celebridades.



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