– No me puedo creer que a tus jefes les importe que invites a un amigo a la fiesta. ¿No te estarás pensando que voy a hacerte quedar mal?

– Tú no conoces a mis jefes -replicó ella, ya sin aliento, mientras intentaban detenerlo-. Además, en lo que a mí respecta, has dejado de ser mi amigo, ¡así que vete!

– ¡Polly! -resonó una voz detrás de ellos, haciendo realidad los temores de Polly.

– Mira lo que has hecho -musitó ella, al ver que la señora Sterne avanzaba por el vestíbulo hacia ellos-. Sí no quieres que le diga a mi padre que me has echado a perder mi trabajo, es mejor que simules ser un completo extraño. Puede que me salve si se cree que estabas intentando colarte en la fiesta. Si le dices queme conoces, ¡nunca te perdonaré!

– ¿Qué estás haciendo, Polly? -preguntó Martine con dureza-. ¡Deja entrar al señor Taverner enseguida!

Polly se quedó con la boca abierta.

– Se te van a meter las moscas en la boca si no tienes cuidado -murmuró Simon, estirándose la chaqueta de un modo muy exagerado.

Antes de que Polly pudiera entender lo que estaba pasando, vio que Martine saludaba a Simon con mucha efusividad y una sonrisa que ella no había visto hasta entonces.

– ¡Me alegro tanto de verlo, señor Taverner…! ¿Puedo llamarte Simon? -preguntó ella, con un tono de voz encantador.

– Me estaba empezando a preguntar sí me habría equivocado de casa -respondió Simon, besándole en ambas mejillas, a la manera francesa-. Su doncella no parecía estar dispuesta a admitirme -añadió, mirando a Polly con malicia.

– ¿Doncella? -repitió Polly, sintiéndose ultrajada.

– ¡Cállate! -le espetó Martine-. Lo siento tanto, Simon -le dijo a él, con voz aterciopelada mientras a ella le echaba miradas venenosas-. Es nueva y no sabe lo que está haciendo.

– Pero… -empezó Polly.

– ¡Te he dicho que te calles! -le gritó Martine-. Debes perdonarla -dijo a Simon, con una sonrisa-. Vamos a buscar a Rushford. Sé que está deseando volver a verte.



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