
¡Por fin! Nadie que hubiera visto mi proeza podría pensar de mí que tenía la personalidad de una «ratoncita». Agarré mi maleta y tiré de ella, sorteando el gentío que caminaba en dirección opuesta con las cabezas inclinadas bajo la lluvia, pero cuando llegué hasta el taxi, alguien había abierto ya la puerta y estaba cerrando su paraguas para ocuparlo.
– ¡Oiga! ¡Este taxi es mío! -grité como una «tigresa» salvaje para defender el derecho a mi primer taxi londinense, a pesar de que mi adversario me sacaba la cabeza.
El hombre que pretendía robarme el taxi terminó de cerrar con impaciencia el paraguas, el cual soltó un chorro de agua sobre mis pies.
– Lo siento, pero yo lo he llamado antes de que usted lo viera -dijo dirigiéndome una seca mirada que me dejó paralizada, antes de ponerse a jurar por lo bajo al verme cargada con una enorme maleta-.
– Le cedo el puesto -concluyó por fin con resignación-, no quiero que se ahogue.
Yo dudaba, podía enfadarme con alguien que intentara quitarme un taxi, pero me veía incapaz de aceptar su oferta si era verdad que él lo había llamado antes, aunque mi situación fuera, sin duda, más dramática que la suya. Al fin y al cabo, él disponía de un paraguas y no iba cargado. Pero yo esta tan mojada que no me importaba seguir un rato más bajo la lluvia, esperando a que pasara otro taxi.
Además, tuve la ligera impresión de haberlo visto en el bordillo de la acera la primera vez que levanté la vista del callejero al salir de la boca del metro.
