
Y había gente, miles de personas que sabían a donde iban apretaban el paso bajo la lluvia. Yo estaba delante de la estación del metro, con un callejero en la mano, intentando orientarme mientras los impacientes peatones me daban rápidos e involuntarios empujones para abrirse paso. Sobre el papel, no parecía que el piso de Sophie y Kate Harrington estuviera demasiado lejos, pero ya me había dado cuenta de que, vistas en un mapa, las distancias podían resultar bastante engañosas. Y los problemas que había tenido en el metro para distinguir entre el norte y el sur me habían minado considerablemente mi fuerza de voluntad. Tal y como estaban las cosas, decidí que era el momento de hacer una pequeña inversión en un taxi y escruté el tráfico de la calzada para intentar detectar la pequeña luz amarilla que indicaba que uno de los taxis negros de Londres estaba libre.
Jamás había tomado un taxi en Londres. En Maybridge los taxis no daban vueltas por el pueblo para que la gente los detuviese, había que llamarlos por teléfono. Sin embargo, había visto suficientes películas en la televisión como para saber que simplemente tenía que acercarme a la acera, levantar una mano y gritar «¡taxi».
Pasó uno, pero aún no había tenido tiempo de acercarme del todo a la acera y mi grito resultó de una fragilidad patética.
