– Deberías haber comprado una maleta nueva -insistió mi madre por enésima vez-. Me parece que esta cremallera no es muy segura.

– No le pasa nada a la cremallera -protesté-. Me voy en tren a Londres, no voy a volar hasta las antípodas, como vosotros.

Mis padres habían decidido abandonarme y dejarme al cuidado de unas desconocidas mientras ellos daban la vuelta al mundo para visitar al resto de mis triunfadores hermanos, que andaban desperdigados per varios países. Mi padre se acababa de prejubilar y mi madre había decidido que había llegado el momento de divertirse un poco y visitar a mis tres inteligentes y aventureros hermanos en Nueva Zelanda, California y Sudáfrica, respectivamente, y a mi igualmente inteligente, guapa y aventurera hermana, casada en Australia.

Se habían pasado los últimos treinta y cinco años de su vida atendiendo la casa familiar y, según ellos, les había llegado el turno de divertirse un poco. Y yo era el único impedimento. A mis veintidós años aún vivía en la casa paterna, aún salía con el hijo de los vecinos, sin atisbar ni la menor sombra de una futura boda. Pero eso no era lo peor. Yo había pensado que se marcharían contentos de dejarme al cargo de la casa. Además, estando sola en casa podría intentar movilizar un poco las cosas con Don, sacarle la cabeza de debajo del capó del viejo Austin que llevaba años reparando, arrancarlo de las fauces de su madre e inyectar un poco de vitalidad física a nuestra relación.

Pero el tipo que había reemplazado a mi padre en el trabajo deseaba alquilar una casa por la zona y darse tiempo para estudiar el mercado inmobiliario antes de comprar una vivienda definitiva para su familia. El trato se había cerrado sin consultarme.



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