
Apelé a mi madre, pero me contestó que el asunto no tenía nada que ver con ella.
Y en ese momento, se produjo una de esas casualidades de la vida que nos hacen pensar en el destino: mi jefe en el banco, que jugaba al golf con mi padre todos los domingos, me propuso que me trasladara a la central de Londres en comisión de servicio durante seis meses. Me aseguró que era una oportunidad de oro para hacer méritos y empezar a subir en el escalafón de la entidad bancaria, algo que yo había estado rehuyendo durante los dos años anteriores porque la promoción profesional significaba tener que abandonar Maybridge.
Pero mi madre no perdió el tiempo, recurrió a sus amigas del colegio para encontrarme alojamiento en Londres.
– El cambio de aires te sentará bien -me dijo cuando osé protestar-. Te estás anquilosando en Maybridge; además, tu carrera profesional está estancada, ya no puedes llegar más lejos en esta sucursal. Por no hablar de Don, que te trata como si le pertenecieras por derecho propio. Estar separados durante una temporada será bueno para ambos, podréis aclarar vuestras ideas respecto al futuro.
Yo tenía muy claras mis ideas con respecto al futuro, las tenía tan claras como el día en que había cumplido diez años, pero mi madre me echó una mirada de seria advertencia que no me permitió seguir discutiendo con ella. Una mirada que decía: «yo sé muy bien qué es lo que te conviene». Quizá pensaba que Don daría algún paso adelante en nuestra relación al sentir mi ausencia. Yo tenía casi veintitrés años y aún era virgen… Estaba desesperada por conocer los secretos del amor cuerpo a cuerpo.
Aún así, me costó trabajo admitir que mi madre pudiera tener razón en cuanto a lo atrofiada que parecía mi rutinaria vida, dado que ella había vivido casi cuarenta años con el mismo hombre en la misma casa. No es que la criticara, al contrario, eso mismo era lo que deseaba hacer yo: pasar toda la vida junto a un solo hombre formando una familia.
