
Al principio, Old Central había estado rodeada de agradables árboles jóvenes, con los olmos más próximos sombreando las aulas más bajas en los cálidos días de mayo y septiembre. Pero con los años murieron los árboles más cercanos, y los gigantescos olmos que rodeaban Old Central como centinelas silenciosos se calcificaron y volvieron esqueléticos con la edad y las enfermedades. Unos pocos fueron talados y quitados de allí, pero la mayoría permanecieron, con las sombras de sus ramas desnudas alargándose a través de los patios de recreo y los campos de deporte, como manos nudosas que buscasen a tientas la propia Old Central.
Los visitantes de la pequeña población de Elm Haven que salían de la Hard Road y caminaban las dos manzanas necesarias para ver Old Central, a menudo confundían el edificio con un desmesurado palacio de justicia o con alguna casa consistorial fuera de lugar y a quien la vanidad hubiese dado absurdas dimensiones. A fin de cuentas, ¿qué función podía desempeñar, en un pueblo decadente de mil ochocientos habitantes, este enorme edificio de tres plantas que por Sí solo constituía una manzana? Entonces los viajeros veían los aparatos del patio de recreo y se daban cuenta de que estaban contemplando un colegio. Un colegio chocante, con su vistoso campanario de bronce y cobre teñido de verde por el cardenillo sobre su negro e inclinado tejado a más de quince metros del suelo; sus arcos románicos richardsonianos de piedra, enroscándose como serpientes sobre ventanas de tres metros y medio de altura; sus otras ventanas redondas u ovaladas, con cristales de colores, sugiriendo alguna absurda mezcla de catedral y escuela; sus buhardillas con tejado de dos aguas alzándose como pequeños castillos sobre los aleros de la tercera planta; sus extrañas volutas parecidas a rollos convertidos en piedra sobre puertas escondidas y ventanas que parecían cegadas, y lo más impresionante para el visitante, su enorme y en cierto modo amenazador tamaño.
