
Detrás de Cordie, en el último pupitre de la hilera de la ventana, en un contraste casi chocante, se sentaba Michelle Staffney. Michelle estaba inmaculada, con una camisa de un verde claro y una planchada falda marrón. Su pelo rojo captaba la luz, e incluso desde el otro lado de la clase Dale podía ver las pecas que salpicaban su piel blanca, casi traslúcida.
Michelle levantó la mirada de su libro cuando Dale la observó fijamente, y aunque no sonrió, el más débil atisbo de reconocimiento bastó para hacer palpitar el corazón del muchacho de once años.
No todos los amigos de Dale se hallaban en esta clase. Kevin Grumbacher estaba en quinto, como le correspondía, porque era nueve meses menor que Dale. El hermano de éste, Lawrence, estaba en la clase de tercero de la señora Howe, en la primera planta.
Duane McBride, también amigo de Dale, estaba aquí. Duane, dos veces más pesado que el segundo gordinflón de la clase, llenaba el asiento del tercer pupitre de la hilera central. Estaba atareado, como siempre, escribiendo algo en una gastada libreta que siempre llevaba consigo. Sus desgreñados cabellos castaños se alzaban en mechones, y se ajustaba las gafas con un movimiento automático, mientras miraba ceñudo lo que estaba escribiendo y volvía al trabajo. A pesar de la temperatura de más de treinta grados, Duane llevaba la misma gruesa camisa de franela y los mismos holgados pantalones de pana que había usado durante todo el invierno. Dale no recordaba haber visto nunca a Duane con tejanos o camiseta de manga corta, aunque el grueso muchacho era campesino. Dale, Mike, Kevin, Jim y la mayoría de la clase eran chicos de ciudad… y Duane tenía que hacer faenas.
