
Dale rebulló en su asiento. Eran las 2.49 de la tarde. La jornada escolar terminaba, por alguna razón abstrusa en la que tal vez tenía que ver algo el horario de los autobuses, a las 3.15.
Dale contempló el retrato de George Washington en la pared de enfrente y se preguntó, por milésima vez aquel año, por qué colgaban las autoridades escolares una litografía de una pintura inacabada. Contempló el techo, a cuatro metros y medio del suelo, y las ventanas de tres de altura en la pared más lejana. Observó las cajas de libros sobre los estantes vacíos y se preguntó qué pasaría con los textos. ¿Serían enviados a la nueva escuela? ¿Serían quemados? Probablemente harían esto último, porque Dale no podía imaginarse unos libros tan viejos y mohosos en la nueva escuela que le habían mostrado sus padres, cuando pasaron en coche por delante de ella.
Las 2.50 de la tarde. Faltaban veinticinco minutos para que empezase realmente el verano, para que imperase la libertad.
Dale contempló a la vieja Double-Butt. Este nombre no se utilizaba con malicia ni burla; ella siempre había sido la vieja Double-Butt. Durante treinta y ocho años, la señora Doubbet y la señora Duggan habían compartido la enseñanza del sexto curso, al principio en clases contiguas y después, cuando el número de estudiantes disminuyó, aproximadamente cuando nació Dale, compartiendo también la misma clase: la señora Doubbet enseñaba lectura, redacción y ciencias sociales por la mañana, y la señora Duggan, matemáticas, ciencias naturales, ortografía y caligrafía por la tarde.
La pareja había sido como los Mutt y Jeff, los serios Abbott y Costello de Old Central – la señora Duggan, delgada, alta y nerviosa, y la señora Doubbet bajita, gorda y lenta, con su tono y timbre de voz casi opuestos, y sus vidas entrelazadas-, viviendo en viejas y contiguas casas victorianas en Broad Avenue, asistiendo a la misma iglesia, a los mismos cursos en Peoria, haciendo las vacaciones juntas en Florida, dos personas incompletas que unían de alguna manera sus virtudes y sus defectos para crear una individualidad bien definida.
