
– Hannah, ponte seria -le reprochó Barbara.
– Así que voy a buscarme un amante -insistió-. Ya lo he decidido y estoy hablando muy en serio. Será un arreglo por pura diversión, sin ningún tipo de compromiso. Buscaré un hombre guapísimo, y pecaminosamente atractivo. Experimentado y muy habilidoso en las lides amatorias. Alguien sin un corazón que herir y sin deseos de contraer matrimonio. ¿Crees que existirá semejante dechado?
Barbara volvía a sonreír, y el gesto parecía sincero.
– Se dice que en Inglaterra abundan los libertinos atractivos -respondió Barbara-. Y según he oído es casi obligatorio que sean guapos. De hecho, creo que hay una ley que lo exige. Además, casi todas las mujeres se enamoran de ellos… y se dejan llevar por la convicción generalizada de que serán capaces de reformarlos.
– ¿Por qué les gusta creer eso? -Preguntó Hannah-. ¿Por qué desea una mujer convertir a un pecaminoso libertino en un caballero respetable y aburrido?
Ambas acabaron dobladas de la risa.
– Supongo que el señor Newcombe no es un libertino, ¿verdad? -quiso saber.
– ¿Simón? -preguntó Barbara a su vez entre carcajadas-. Hannah, es un clérigo, y muy respetable además. Pero no es… te aseguro que no es un hombre aburrido. Me niego a aceptar la insinuación de que los hombres solo pueden ser o pelmazos o libertinos.
– Yo no he insinuado nada -protestó Hannah-. Estoy segurísima de que tu vicario es un ejemplar maravilloso y perfecto de romántica caballerosidad.
Las carcajadas de Barbara se convirtieron en una risilla tonta.
– ¡Me imagino la cara que pondría si le contara lo que acabas de decir!
– Lo único que quiero de un amante -puntualizó Hannah-, aparte de las cualidades que ya he mencionado y que por supuesto son obligatorias, es que solo tenga ojos para mí durante todo el tiempo que le permita mirarme.
– Un perrito faldero, en otras palabras -apostilló su amiga.
