– ¡Hannah! -exclamó Barbara, medio escandalizada y con un deje de reproche. Era evidente que no sabía qué decir a modo de réplica.

– Al final conseguí que dejara de hacerlo -siguió Hannah-, después de componer una oda, malísima por cierto, titulada «Al duque que debería haber muerto». Cuando se la leí, se rió tanto que sufrió un ataque de tos y estuvo a punto de morir en aquel mismo momento. Se me ocurrió escribir otra para acompañarla, titulada «A la duquesa que debería ser viuda». Pero no conseguí encontrar una palabra que rimara con «viuda», salvo quizá «ayuda», referida a su gota. Pero me pareció que quedaba un poco cojo… -Al ver que Barbara reparaba en el chiste y se echaba a reír, esbozó una leve sonrisa.

– ¡Ay, Hannah! -Exclamó su amiga-. ¡Qué mala eres!

– Pues sí-admitió.

Y ambas estallaron de nuevo en carcajadas.

– ¿Qué vas a hacer de verdad? -insistió Barbara, que la miró de forma penetrante en espera de su respuesta.

– Voy a hacer lo que la alta sociedad espera de mí, por supuesto -contestó ella al tiempo que extendía los dedos de la otra mano sobre el brazo del sillón, para admirar también los anillos que llevaba en los dedos anular y meñique. Adelantó un poco la mano a fin de que la luz de la ventana se reflejara en los diamantes y los destellos que vio le resultaron la mar de satisfactorios-. Voy a buscarme un amante, Babs.

Dicho en voz alta parecía un poco… pecaminoso. Pero no lo era. Porque era una mujer libre. Ya no le debía nada a nadie. Y el hecho de que una viuda se buscara un amante, siempre y cuando la relación se llevara en secreto y con discreción, era irreprochable. Bueno, tal vez estaba exagerando al tildarlo de irreprochable. El término «aceptable» era más acertado.



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