Las normas de cortesía dictaban que volviese a la casa y ejerciese su papel de anfitrión, pero no tenía ningunas ganas de hacerlo. Sospechaba que en ese preciso momento su madre estaría mirando a su alrededor con exasperación, preguntándose dónde estaba y cuánto tiempo pretendía seguir escondido. El hecho de saber que había por lo menos dos docenas de jóvenes casaderas que su madre estaba anhelando presentarle reforzaba su decisión de mantenerse alejado de la sala de baile.

– Está claro que ambos necesitábamos algo de aire fresco -dijo con una sonrisa-. Venga. La acompañaré a las cuadras, y en el camino podrá contarme su aventura con Diantre.

Elizabeth vaciló. Si tía Joanna se enteraba de que se encontraba en el jardín a solas con un caballero, a buen seguro que le dedicaría un sermón. Sin embargo, regresar a la fiesta se le antojaba de todo punto imposible considerando el aspecto lamentable que presentaba. Además, ya había sufrido bastante esa noche. Estaba harta de ser el centro de las miradas y de las críticas por el hecho de que le gustara conversar sobre otros temas que no fueran la moda y el tiempo. Y no era culpa suya que estuviese tan mal dotada para el baile ni que fuese más alta de lo que se consideraba apropiado. No sabía si ese caballero estaba al corriente de las bromas que circulaban sobre su nacionalidad y su modo de ser, pero en todo caso era lo bastante cortés para no demostrarlo.

– Soy consciente de que no cuenta en este momento con una señora de compañía -dijo él en un tono desenfadado-, pero le doy mi palabra de que no me fugaré con usted.

Elizabeth se convenció al fin de que no había nada malo en aceptar su propuesta.

– Por supuesto -respondió-. En marcha.

Arrastrando el volante detrás de sí y con Diantre en brazos, Elizabeth echó una ojeada furtiva a su acompañante.



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