
A decir verdad, todo en él era atractivo. Pero no tenía sentido encandilarse con ese desconocido; en cuanto se percatase de lo mal que ella se desenvolvía en sociedad sin duda la rechazaría, como habían hecho tantos otros.
– Dígame, señorita Matthews, ¿con quién ha venido a este baile?
– Con mi tía, la condesa de Penbroke.
Los ojos de él reflejaron su extrañeza.
– ¿Ah sí? comentó-. Conocí a su difunto esposo, pero ignoraba que tuviesen una sobrina americana.
– Mi madre era la hermana de tía Joanna. Se estableció en Estados Unidos cuando se casó con mi padre, un médico americano. -Lo miró de reojo-. Mi madre nació y se crió en Inglaterra, de modo que soy medio inglesa.
– Entonces -dijo él, esbozando una sonrisa-, usted sólo es advenediza a medias.
– Oh, no -se rió ella-. Me temo que sigo siendo una advenediza de pies a cabeza.
– ¿Es su primera visita a Inglaterra?
– Sí.
Habría sido inútil decirle que no se trataba de una mera visita, que nunca volvería a su ciudad natal.
– ¿Y lo está pasando bien?
Ella titubeó, pero decidió decide la verdad pura y dura.
– Me gusta su país, pero la sociedad inglesa y sus normas me parecen un poco opresivas. Crecí en una zona rural donde gozaba de mucha libertad. No es fácil adaptarse.
