Menos mal que ella no era proclive a exhalar suspiros soñadores y románticos, pues éste era a todas luces un hombre capaz de arrancados. Su cabello, abundante y de un negro azabache, enmarcaba un rostro extremadamente apuesto, al que las sombras proyectadas por la luz de la luna daban un aire misterioso. Tenía una mirada penetrante e intensa, y cuando la había posado en ella hacía unos instantes, los dedos de los pies se le habían contraído involuntariamente dentro de los zapatos de baile. El caballero tenía los pómulos altos, la nariz recta y afilada, y una boca firme y sensual que Elizabeth había visto curvarse con ironía y que debía de resultar temible crispada en un gesto de ira.

A decir verdad, todo en él era atractivo. Pero no tenía sentido encandilarse con ese desconocido; en cuanto se percatase de lo mal que ella se desenvolvía en sociedad sin duda la rechazaría, como habían hecho tantos otros.

– Dígame, señorita Matthews, ¿con quién ha venido a este baile?

– Con mi tía, la condesa de Penbroke.

Los ojos de él reflejaron su extrañeza.

– ¿Ah sí? comentó-. Conocí a su difunto esposo, pero ignoraba que tuviesen una sobrina americana.

– Mi madre era la hermana de tía Joanna. Se estableció en Estados Unidos cuando se casó con mi padre, un médico americano. -Lo miró de reojo-. Mi madre nació y se crió en Inglaterra, de modo que soy medio inglesa.

– Entonces -dijo él, esbozando una sonrisa-, usted sólo es advenediza a medias.

– Oh, no -se rió ella-. Me temo que sigo siendo una advenediza de pies a cabeza.

– ¿Es su primera visita a Inglaterra?

– Sí.

Habría sido inútil decirle que no se trataba de una mera visita, que nunca volvería a su ciudad natal.

– ¿Y lo está pasando bien?

Ella titubeó, pero decidió decide la verdad pura y dura.

– Me gusta su país, pero la sociedad inglesa y sus normas me parecen un poco opresivas. Crecí en una zona rural donde gozaba de mucha libertad. No es fácil adaptarse.



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