Austin observó su atuendo.

– Está claro que le está costando abandonar la costumbre americana de arrastrarse entre las matas con su traje de noche.

Una risita brotó de los labios de Elizabeth.

– Sí, eso parece.

Las cuadras se alzaban ante ellos. Cuando ya se hallaban muy cerca, un gato tremendamente gordo salió por la puerta, emitiendo un fuerte maullido.

El caballero se inclinó para acariciar al animal.

– Hola, George. ¿Cómo está mi chica esta noche? ¿Echas de menos a tu bebé?

Elizabeth depositó a Diantre en el suelo y el gatito saltó de inmediato sobre George.

– ¿La madre de Diantre se llama George?

Todavía agachado, Austin alzó la vista hacia ella y sonrió.

– Sí. Mi mozo de cuadra le puso el nombre. No se enteró de que era una gata hasta que la vio parir. Mortlin sabe mucho de caballos, pero me temo que sus conocimientos sobre gatos son más bien escasos.

La sonrisa de Elizabeth se desvaneció cuando reparó en las implicaciones de estas palabras.

– ¿Su mozo de cuadra? ¿Estos gatos son suyos?

Austin se enderezó lentamente, maldiciéndose para sus adentros por ser tan descuidado. Ahora este agradable paréntesis estaba a punto de terminar.

– Sí, son míos.

– Cielo santo. -Elizabeth abrió mucho los ojos-. Entonces ¿ésta es su casa?

Austin se volvió hacia la mansión que se alzaba a lo lejos. Era allí donde vivía, pero desde hacía más de un año no la consideraba su hogar.

– Sí, Bradford Hall me pertenece.

– Entonces usted debe de ser… -Se inclinó en una torpe reverencia-. Perdonadme, excelencia. No me había dado cuenta de quién erais. Debéis de pensar que soy increíblemente grosera.

Él la observó enderezarse, esperando ver cómo sus ojos se achicaban en un gesto calculador, brillaban con codicia o centelleaban con el afán de sacar el máximo provecho de su encuentro inesperado con el «soltero más cotizado de Inglaterra».



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