– Como usted se aloja en esta casa, creo que puedo resolver su problema -dijo-. Le indicaré el camino de una entrada lateral poco usada que conduce directamente a las habitaciones de los invitados.

Ella le dirigió una mirada de gratitud inconfundible.

– Eso me salvaría sin duda del desastre social que veo cernerse sobre el horizonte.

– Vamos, pues.

Mientras caminaban hacia la mansión, Elizabeth preguntó:

– Detesto abusar más aún de vuestra bondad, excelencia, pero ¿os importaría disculpar mi ausencia ante mi tía cuando volváis a la sala de baile?

– Pierda cuidado; así lo haré.

– Eh… -Se aclaró la garganta-. ¿Y qué excusa pensáis darle? -¿Excusa? Ah, supongo que le diré que ha sufrido usted un leve vahído.

– ¡Vahído! -exclamó indignada-. ¡Qué tontería! Yo jamás caería víctima de algo tan frívolo. Además, tía Joanna no se lo creería. Sabe que soy de constitución fuerte. Deberíais pensar en otra cosa.

– De acuerdo. ¿Y qué me dice de una jaqueca?

– Jamás sufro de eso.

– ¿Y la dispepsia?

– Mi estómago funciona sin problemas.

Austin reprimió un gesto de desesperación.

– ¿Acaso nunca está usted indispuesta?

Elizabeth negó con la cabeza.

– Os olvidáis de que soy…

– De constitución robusta, sí, ya lo veo. Sin embargo, me temo que cualquier otra excusa, como la de un ataque de fiebre, causaría una preocupación innecesaria a su tía.

– Hum. Supongo que tenéis razón. No quisiera asustarla. De hecho, lo de la jaqueca no está tan lejos de la realidad. La mera idea de regresar al salón de baile hace que me palpiten las sienes. Muy bien -dijo, asintiendo con la cabeza-, podéis comunicarle que he sucumbido a la jaqueca.



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