Austin reprimió una sonrisa.

– Gracias.

– De nada -le respondió ella con una sonrisa radiante.

Unos minutos después llegaron a la mansión, y Austin la guió entre las sombras hasta una puerta lateral prácticamente oculta por la hiedra. Buscó el pomo a tientas y abrió la puerta.

– Ahí tiene. Los aposentos de los invitados están en lo alto de las escaleras. Tenga cuidado con los escalones.

– Lo tendré. Gracias de nuevo por vuestra amabilidad. -Ha sido un placer.

La mirada de Austin se posó en su rostro, débilmente iluminado. Incluso despeinada como estaba le parecía preciosa. Y divertida. No podía recordar la última vez que se había sentido de tan buen humor. Aunque le esperaban asuntos acuciantes en casa, no podía resistirse a prolongar aquel agradable paréntesis un poco más. Con suma delicadeza, le tomó la mano y se la llevó alas labios. Notó que tenía la mano caliente y suave, y los dedos largos y finos. De pronto, el aroma a lilas lo asaltó de nuevo.

Sus miradas se encontraron, y Austin se quedó sin aliento. Maldición, ella tenía un aspecto tan deliciosamente desarreglado…, como si las manos de un hombre le hubiesen desordenado el cabello y la ropa. Bajó la vista hacia su boca…, una boca incitante, increíblemente tentadora, y se preguntó a qué sabría. Imaginó que se inclinaba hacia delante, que le rozaba los labios con los suyos una vez y luego otra, antes de profundizar el beso, deslizando la lengua dentro de la seductora calidez de su boca. Tendría un sabor delicioso, como el de…

– Oh, Dios mío…

Los dedos de ella se cerraron con fuerza en torno a los suyos mientras lo contemplaba con los ojos muy abiertos. Mantuvo la mirada fija en los labios de él durante varios segundos y luego la apartó, visiblemente turbada. Austin se sorprendió al advertir que una sensación de calor le recorría el cuerpo. De no haber sido imposible, creería que ella le había leído el pensamiento.



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