Se disponía a soltarle la mano cuando la joven profirió un grito ahogado. Se miraron a los ojos y Austin se percató de que ella había palidecido de repente. Intentó apartar su mano de la de Elizabeth, pero ella se la apretó con más fuerza.

– ¿Qué ocurre? -preguntó, alarmado ante su lividez, nervioso por la concentración con que lo observaba-. Parece que haya visto un fantasma.

– William.

Austin se quedó paralizado.

– ¿Cómo ha dicho?

Los ojos de ella buscaron desesperadamente los suyos.

– ¿Conocéis a alguien llamado William?

Todos los músculos del cuerpo de Austin se tensaron.

– ¿A qué cree que está jugando?

Por toda respuesta, ella le estrujó la mano entre las suyas y cerró los párpados.

– Es vuestro hermano -musitó-. Os han dicho que murió sirviendo a su país. -Abrió los ojos, y su expresión produjo en él la espeluznante sensación de que podía verle el alma-. No es verdad.

A Austin se le heló la sangre. Retiró la mano bruscamente y retrocedió un paso, conmocionado por sus palabras. ¿Acaso conocía esa mujer su secreto más oscuro? Y en caso afirmativo, ¿cómo lo sabía?

Todas las imágenes que había intentado borrar de su mente durante un año lo asaltaron de golpe. Un callejón lóbrego. El encuentro de William con un francés llamado Gaspard. Cajas llenas de armas. Dinero que cambia de manos. Preguntas insistentes. Un amargo enfrentamiento entre hermanos. Y después, sólo unas semanas después, la noticia de que William había muerto en Waterloo, convertido en héroe de guerra.

El corazón le latía con fuerza mientras intentaba conservar lo calma. ¿Había algo más en esa mujer de lo que parecía? ¿Sabría algo de la carta que había recibido hacía poco o de los tratos de William con el francés? ¿Sería ella la clave que él había posado un año buscando?

Entornó los ojos sin apartarlos de la cara pálida de ella, y repitió la mentira que había dicho en incontables ocasiones:



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