– Comprendo vuestras dudas. Muchos tachan de fabulación todo lo que no tiene una explicación científica. Sólo puedo aseguraros que lo que os digo es cierto.

– ¿Qué aspecto tenía ese hombre que según usted era mi hermano?

Elizabeth cerró los ojos y respiró profundamente, esforzándose por poner la mente en blanco para concentrarse en lo que había visto.

– Alto. Ancho de espaldas. Cabello negro.

– Qué casualidad. Acaba de describir a la mitad de los hombres de Inglaterra, incluido el propio regente, quien, como usted bien sabe, está vivo. Y no debe de resultar muy difícil describir a mi hermano cuando hay un retrato suyo de considerable tamaño colgado en la galería.

– No he visto el retrato -replicó ella, abriendo los ojos-. El hombre que he visto se parecía a vos, y tenía una cicatriz.

Él se quedó muy quieto y ella advirtió que su cuerpo se tensaba.

– ¿Una cicatriz? ¿Dónde?

– En el brazo derecho.

– Muchos hombres tienen cicatrices. -El duque apretó los dientes-. Si cree que va a convencerme con sus artimañas de que tiene poderes mágicos o algo así, se ha equivocado de persona. Los ladrones gitanos han vagado por Europa desde hace siglos mintiendo, afirmando que tienen poderes de esa clase con la esperanza de sacarle dinero a la gente con sus embustes, y robando si no lo consiguen.

La ira se apoderó de ella.

– No soy una gitana, una embustera, una ladrona o una mentirosa.

– ¿Ah no? Supongo que ahora me dirá que puede leer el pensamiento.

– Sólo de vez en cuando. -Bajó la vista a la boca de él, torcida en un gesto desdeñoso-. He leído vuestros pensamientos cuando me habéis tocado la mano.

– ¿De verdad? ¿Y qué estaba pensando?

– Queríais… besarme.

Elduque se limitó a arquear las cejas.

– No le hacían falta poderes especiales para adivinar eso. Su boca había captado mi atención momentáneamente.



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