Sin embargo, a pesar de esta respuesta indiferente, ella notó su tensión, su recelo y su suspicacia, actitudes que estaba acostumbrada a distinguir. Pero por debajo de todo ello percibió algo más, algo que, a pesar de su enfado, despertó su interés.

Soledad.

Tristeza.

Remordimientos.

Lo envolvían como una capa oscura, y a Elizabeth la compasión le encogió el corazón. Conocía demasiado bien esos sentimientos que atormentaban el espíritu y reconcomían el alma.

Ella también se arrepentía de cosas que había hecho y deseaba reparar. ¿Sería capaz de ayudarlo? ¿Lograría aplacar con ello su propio sentimiento de culpa?

Resuelta a convencerlo de que no estaba loca y de que él la había deseado de verdad hacía unos instantes, musitó:

– Queríais besarme. Os preguntabais a qué sabría mi boca. Os imaginabais que os inclinabais hacia delante y me rozabais los labios con los vuestros una vez, y otra. Después hacíais más profundo el beso…

Austin pestañeó, su mirada se ensombreció y se posó en la boca de ella.

– Continúe.

Una oleada de calor la recorrió al representarse lo que él había pensado a continuación… Acariciarle la lengua con la suya.

– Creo que ya he demostrado lo que quería.

– ¿Eso cree?

Austin la observó con los ojos entornados. Una cosa era adivinar que había fantaseado con besarla y otra muy distinta que sus palabras reflejasen fielmente lo que él había pensado.

Cielo santo, ¿y si ella estaba en lo cierto? ¿Y si William estaba vivo? Una esperanza absurda lo acometió con tanta fuerza que estuvo a punto de tambalearse, pero no tardó en recuperar la cordura. Varios soldados habían presenciado cómo William caía en combate. Aunque la bala le había destrozado la cara, lo habían identificado por la inscripción del reloj que encontraron debajo de su cuerpo.

No había lugar a dudas. William estaba muerto. De lo contrario, se habría puesto en contacto con su familia y habría regresado a casa.



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