A menos que fuese un traidor a la Corona.

La cabeza le daba vueltas. Resultaba de lo más sospechoso que la señorita Matthews le dijese aquello poco después de que él recibiese una nota inquietante, hacía unos quince días; una nota que confirmaba sus peores temores sobre la lealtad de William a la Corona. ¿Sabría ella algo de esa carta o de las actividades de William durante la guerra? ¿Sabría algo acerca del francés al que él había visto con William?

¿Cómo se habría enterado de lo de la cicatriz? William tenía una pequeña señal en la parte superior del brazo derecho, recuerdo de un percance que había sufrido al cabalgar en su infancia. ¿Era posible que ella hubiese estado con él de un modo lo bastante íntimo como para conocer su cuerpo?

A la tenue luz de la luna, mientras la brisa jugueteaba con su cabellera despeinada, la joven no presentaba en absoluto el aspecto de una espía, una asesina o una seductora, pero él sabía bien que las apariencias engañan. Algunas de las mujeres más hermosas que conocía eran maliciosas, maquinadoras y despiadadas. ¿Qué clase de persona habría detrás de su fachada de inocencia? No sabía a qué estaba jugando, pero estaba decidido a averiguarlo. Y si para ello había que seguirle la corriente y fingir que creía en sus «visiones», lo haría.

Abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiese pronunciar una palabra, ella dijo:

– No estoy fingiendo, excelencia. Lo que quiero es ayudaros.

Maldición. Tendría que andarse con sumo cuidado delante de esa mujer. Aunque descartaba la posibilidad de que sus visiones fuesen reales -¿y qué hombre cuerdo no la descartaría?-, no cabía duda de que era asombrosamente perceptiva.

Si no extremaba las precauciones, quizás ella descubriría sus secretos, lo que podía acabar por hundir a su familia.

– Dígame qué sabe de mi hermano -le pidió.

– No sé nada de él, excelencia. Hasta que he tocado vuestras manos, ni siquiera conocía su existencia.



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