
– Por lo que yo sé, mi hermano está muerto. Y no toleraré que mencione esta absurda visión a nadie más, y menos aún a mi madre o a mi hermana. Sería terriblemente cruel darles esperanzas cuando en realidad no hay motivo para albergadas. ¿Está claro?
Ella lo miró con fijeza durante varios segundos. Su tono duro y amenazador no dejaba lugar a dudas.
– Respetaré vuestra voluntad, excelencia. Como sabéis, mi tía y yo seremos vuestras invitadas durante unas semanas. Si cambiáis de opinión y aceptáis mi ayuda, no os costará encontrarme. Ahora estoy muy cansada y desearía retirarme. Buenas noches, excelencia.
Él la siguió con la vista mientras ella subía las escaleras hacia las habitaciones de los invitados. «Desde luego que me ayudará, señorita Matthews. Si de verdad sabe algo de William, no tendrá elección.»
Austin tardó varios minutos en localizar a Miles Avery en la atestada sala de baile. Cuando finalmente avistó a su amigo, no le sorprendió que el gallardo conde estuviese rodeado de mujeres. Maldita sea, esperaba no tener que arrastrar a Miles de los pelos para apartado de ese grupo que a todas luces lo admiraba.
Sin embargo, pudo ahorrarse esa tarea tan desagradable, pues Miles advirtió que Austin se aproximaba. Éste dirigió una mirada significativa a su amigo y señaló con un movimiento de la cabeza el pasillo que conducía a su estudio; acto seguido se encaminó hacia allí, seguro de que Miles llegaría poco después que él. Tras más de dos décadas de amistad, se entendían bien.
Apenas había terminado de servir dos copas de brandy cuando oyó que alguien llamaba discretamente a la puerta.
– Adelante.
Miles entró en el estudio y cerró la puerta a su espalda. Sonreía de un modo algo forzado.
– Ya era hora de que reaparecieras. He estado buscándote por todas partes. ¿Dónde te ocultabas?
– He dado un paseo por el jardín.
