
– ¿Ah sí? ¿Has estado admirando las flores? -Los ojos de Miles destellaron con malicia-. ¿O quizá disfrutabas de las delicias de la naturaleza de un modo más… sensual, por así decido?
– Ninguna de las dos cosas. Simplemente he salido en busca de algo de paz y tranquilidad.
– ¿Y has tenido éxito en tu búsqueda?
La imagen de la señorita Matthews le vino a Austin a la mente.
– Me temo que no. ¿Por qué querías verme?
El brillo burlón en los ojos de Miles se intensificó.
– Para cantarte las cuarenta. ¿Qué clase de amigo eres que me has abandonado así, sin más? Casi nunca asistes a las fiestas ni sufres el acoso de vírgenes sedientas de matrimonio, e incluso cuando el baile se celebra en tu casa te pierdes de vista. Lady Digby y su pelotón de hijas me han arrinconado detrás de una maceta con una palmera. Aprovechándose de tu ausencia, lady Digby me ha endilgado a las mocosas, unas cabezas de chorlito bastante tontas que encima bailaban pésimamente. Mis pobres y machacados dedos de los pies no volverán a ser lo que eran. -Con el semblante impasible, Miles prosiguió-. Por otra parte, ese grupo del que me acabas de arrancar parecía mucho más prometedor. Las señoritas estaban pendientes de mis palabras. ¿Has visto las perlas de sabiduría que desgranaban mis labios?
Austin lo observó por encima del borde de su copa.
– No logro comprender por qué te divierte tanto la falsa adoración de unas cabezas huecas. ¿Nunca llega a hartarte?
– Por supuesto. Sabes cuánto detesto que unas féminas núbiles de cuerpos lozanos y curvas sinuosas se abalancen sobre mí. Me estremezco de horror sólo con pensar en ello. -Miles se disponía a beber un sorbo de su brandy, pero detuvo su mano a medio camino-. Oye, Austin, ¿te encuentras bien? Tienes un aspecto un tanto paliducho.
– Gracias, Miles. Tus halagos siempre suponen un gran consuelo para mí. -Tomó un trago largo de brandy, intentando encontrar las palabras adecuadas-. En respuesta a tu pregunta, estoy un poco nervioso. Ha ocurrido algo y necesito que me hagas un favor.
