No obstante, incluso mientras enfilaba un sendero muy bien cuidado, sabía en el fondo que esa paz estaba fuera de su alcance.

¿Adivinaría alguien la verdad? No, se respondió con decisión. Todos -Caroline, Robert, su madre, el condenado país entero- creían que William había muerto como un héroe, y Austin estaba dispuesto a pagar cualquier precio por mantener viva esa ilusión, por proteger a su familia y la memoria de su hermano del desastre.

Pronto llegó a su destino, una zona privada rodeada por setos altos, en el borde exterior de los jardines. La visión del banco de piedra desocupado era la más reconfortante que había tenido esa noche. Un refugio.

Con un suspiro de alivio, se sentó y estiró las piernas, dispuesto a disfrutar de ese remanso de paz. Se llevó la mano al bolsillo para sacar su cigarrera dorada, pero se detuvo al oír un ruido procedente de los setos.

Los arbustos se separaron y Austin vio a una joven que intentaba abrirse paso entre ellos. Resollando y murmurando para sí, trataba en vano de liberarse de las ramas que se le habían enredado en el cabello y enganchado en el vestido.

Austin apretó los dientes y reprimió un juramento. Sabía que de nada serviría rezar para que ella se marchase. Últimamente sus plegarias no habían sido escuchadas muy a menudo.

La joven no cesaba de revolverse y barbotar en los arbustos. Debía de ser una mocosa que se había escabullido del baile para encontrarse clandestinamente con su amante. O tal vez se tratara de otra insensata en busca de un título y empeñada en llevarlo al altar. Incluso era posible que lo hubiese seguido hasta el jardín. Presa de la frustración, se levantó para marcharse.



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