
– ¡Maldición! -exclamó la joven, desesperada.
Tiró del vestido con impaciencia para desengancharlo del matorral, pero no lo logró. Entonces aferró la falda con las dos manos y estiró con todas sus fuerzas. Se oyó el inconfundible sonido de la tela al rasgarse.
Liberada repentinamente del aprisionamiento de los arbustos, salió disparada hacia delante y cayó de bruces sobre la hierba húmeda. A causa de la violencia de la caída, sus pulmones expulsaron todo el aire de golpe.
– Estos malditos vestidos de baile… -masculló, sacudiendo la cabeza como para aclararse la vista-. Acabaré matándome por su culpa.
Austin apretó los puños. Su primer impulso fue el de escapar antes de que ella reparase en su presencia, pero vaciló al verla en el suelo, inmóvil. Tal vez estuviese herida. Por mucho que lo sedujese la idea de dejarla ahí tirada para que se pudriese, no podía hacerlo. Esperaba que, si Caroline se hiciese daño, alguien la ayudara… Aunque, por supuesto, su hermana jamás se pondría en una situación tan ridícula.
Tras maldecir su falta de determinación para marcharse, preguntó:
– ¿Se encuentra bien?
La joven jadeó y alzó la cabeza. Fijó la mirada en los formales pantalones negros de él durante varios segundos antes de volver a descansar la cabeza sobre la hierba.
– Oh, Dios, ¿por qué ha tenido alguien que verme así?
– ¿Se encuentra bien? -repitió él, esforzándose por contener la impaciencia.
– Sí, por supuesto. Siempre he gozado de una salud envidiable. Gracias por preguntar.
– ¿Puedo ayudarla en algo?
– No, gracias. El orgullo me exige que salga por mi propio pie de esta situación que se suma a una larga lista de humillaciones.
Pero no se movió, y se hizo un silencio tenso.
– ¿No piensa levantarse?
– No, creo que no. Pero de nuevo le agradezco que me lo pregunte.
Austin apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas, preguntándose cuánto champán habría trasegado la mocosa.
