
Una ardilla juguetona la miraba desde una rama cercana, y Elizabeth trazó un rápido bosquejo de ella. Una familia de tímidos conejos le sirvió de modelo antes de alejarse brincando para refugiarse entre las hierbas altas. Hizo un dibujo detallado de Parche, su querido perro, con el corazón encogido al pensar en él. Había deseado desesperadamente llevárselo a Inglaterra consigo, pero era viejo y enfermizo, y ella sabía que no sobreviviría a la rigurosa travesía del océano. Lo había dejado atrás, junto con un pedazo de su corazón, a cargo de personas que lo querían casi tanto como ella.
Apartó los pensamientos melancólicos que le evocaba el recuerdo de Parche y trazó un retrato de Diantre. Sin embargo, cuando hubo terminado, se apresuró a borrar al gatito de su mente. Si pensaba en el peludo animalillo se acordaría de lo que ocurrió en el jardín… y del hombre al que había conocido allí. El hombre cuya tristeza y soledad ocultas la habían conmovido, un hombre que guardaba secretos que le corroían el alma.
Ella se había ofrecido a ayudarlo, pero luego había pasado media noche preguntándose si no se habría precipitado. El duque de Bradford obviamente no creía en su don de clarividencia.
¿Habría algún modo de convencerlo? Después de lo sucedido la noche anterior parecía que no, pero ella quería, ansiaba ayudarlo. Deseaba ahuyentar las sombras que ella había notado que empañaban su felicidad. Y Elizabeth necesitaba, por su propio bien, resarcirse del lío que había armado en Estados Unidos. Sin duda su sentimiento de culpabilidad remitiría si conseguía de alguna manera volver a unir al duque con el hermano al que creía muerto.
No, no se había precipitado al ofrecerle su ayuda. De hecho, estaba resuelta a brindársela, tanto si él la quería como si no. Todo lo que ella tenía que hacer era conseguir alguna prueba concluyente de que su hermano estaba vivo en realidad. Para eso, no obstante, debería tocarlo de nuevo.
