– ¡Pamplinas! -exclamó tía Joanna, quitándole importancia con un ademán-. Lo que ocurre es que casi no te conocen. Sin duda el hecho de que seas americana provoca cierta reacción de rechazo en algunos caballeros, por aquello de la rebelión del siglo pasado y las escaramuzas que se han producido allí hace poco. Pero las casas han vuelto a la calma, así que ahora sólo es cuestión de tiempo.

– ¿Qué es cuestión de tiempo?

– Mujer, pues que algún joven se fije en ti…

Elizabeth se abstuvo de señalar que hasta el momento prácticamente todos los que se habían fijado en ella le habían encontrado alguna falta.

– He preparado un tentempié -dijo, levantando la bolsa en alto-, así que te veré después del desayuno.

Su tía frunció el entrecejo.

– Tal vez deba pedirle a un criado que te acompañe. -Antes de que Elizabeth pudiera protestar, su tía se apresuró a añadir-: Bueno, supongo que no será necesario. Ve, querida, y diviértete. Después de todo, nadie más está despierto. ¿Con quién podrías encontrarte a estas horas intempestivas?


Elizabeth caminaba plácidamente, disfrutando de un silencio que sólo se veía interrumpido por el susurro del viento entre las hojas y los graznidos de los cuervos. Elegía los senderos al azar, sin importarle adónde la condujesen, contenta de estar al aire libre. Un poco más adelante, el bosque se hacía menos denso hasta acabar en un extenso claro donde las abejas zumbaban en torno a fragantes madreselvas. Mariposas de colores vivos revoloteaban alrededor de flores silvestres rojas y amarillas.

Pronto llegó a la orilla de un lago pintoresco. Pálidos rayos de luz trémula y dorada se colaban por entre las frondosas ramas de unos árboles que formaban un refugio umbrío acariciado por el resplandor del alba. Sacó su cuaderno de dibujo y se sentó en la mullida hierba, con la espalda apoyada en el tronco de un enorme roble.



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