
Su mirada descendió atraída por su esbelto cuello y la nívea piel que asomaba de su recatado corpiño. Sus piernas parecían increíblemente largas bajo el vestido de muselina.
Otro rizo, movido por el viento, se soltó de su moño desarreglado y le rozó la boca. Sus labios se contrajeron varias veces y sus ojos se entreabrieron mientras se apartaba el molesto mechón de la cara.
Austin supo exactamente en qué momento ella vio las botas de montar negras que tenía delante. Se puso tensa y parpadeó. Luego alzó la vista y reprimió un grito de sorpresa.
– ¡Excelencia!
Se levantó de un salto y ejecutó una reverencia que muchos habrían considerado poco elegante, pero que a Austin le pareció encantadora.
– Buenos días, señorita Matthews. Por lo visto tenía usted razón cuando predijo que no me costaría demasiado encontrarla. Me tropiezo con usted por todas partes.
Las mejillas de Elizabeth enrojecieron. Cuán desconcertante resultaba fantasear con que un hombre la besaba y abrir los ojos para descubrir que ese mismo hombre estaba ahí delante, mirándola. Un hombre de lo más atractivo, por cierto.
La luz matinal que se filtraba por entre las hojas hacía brillar su cabello negro como el azabache. Un solitario mechón, agitado por el viento, le caía sobre la frente, confiriéndole un atractivo casi juvenil que contrastaba de manera chocante con la imponente intensidad de sus ojos grises. Su figura alta y robusta, de porte aristocrático, destilaba fuerza masculina.
Una camisa blanca y lisa le cubría el ancho torso. Al llevar desabrochados los botones superiores, la firme y bronceada columna de su cuello se elevaba desde la abertura en la fina batista. Los latidos del corazón de Elizabeth se aceleraron cuando atisbó el vello negro que asomaba por ese fascinante resquicio, si bien la camisa le impedía ver más.
