
El amplio pecho de Austin se estrechaba hacia las esbeltas caderas formando una V perfecta, y sus largas y musculosas piernas estaban enfundadas en pantalones de montar de color beige que desaparecían en el interior de sus lustrosas botas negras. Ella supuso que las calles de Londres debían de estar repletas de damiselas con el corazón roto por su causa. Desde luego, él sería un modelo maravilloso para un dibujo.
– ¿Y bien? ¿He pasado la inspección? -preguntó Austin, divertido.
– ¿La inspección?
– Sí. -Esbozó una sonrisa-. Es una palabra inglesa que significa «examinar a fondo».
Aunque saltaba a la vista que estaba tomándole el pelo, Elizabeth se sintió abochornada. Cielo santo, había estado contemplándolo como una muerta de hambre ante un banquete. Pero al menos él ya no parecía disgustado con ella.
– Perdonadme, excelencia. Es sólo que me ha sorprendido veros aquí. -Achicó los ojos al fijarse en una marca de su mejilla-. ¿Os habéis hecho daño?
Él se tocó la marca con cuidado.
– Un arañazo de una rama. No es más que un rasguño.
Un suave relincho llamó la atención de Elizabeth, que se volvió para observar el magnífico corcel negro que abrevaba en el lago.
– ¿Estáis disfrutando con vuestro paseo a caballo? -preguntó.
– Sí, mucho. -Él se dio la vuelta-. ¿Dónde está su montura?
– He venido a pie. Es una mañana estupen…
Una imagen le vino a la mente e interrumpió sus palabras.
Era la imagen de un caballo encabritado, un caballo negro muy parecido al que bebía junto al lago.
– ¿Se encuentra bien, señorita Matthews?
La imagen se desvaneció y ella desechó aquella vaga impresión.
– Sí, estoy bien. De hecho, estoy…
– Como un roble.
– Bueno, sí, lo estoy -contestó ella con una sonrisa-, pero lo que iba a decir es que estoy hambrienta. ¿Os gustaría compartir conmigo mi almuerzo? He traído más que suficiente.
Se arrodilló y empezó a sacar comida de su bolsa.
