
La alegría desapareció del rostro de Elizabeth.
– Es mi perro, Parche.
La profunda melancolía con que ella miraba el bosquejo lo impulsó a preguntar:
– ¿Y dónde está Parche?
– Es demasiado viejo para hacer la travesía hasta Inglaterra, así que lo dejé en manos de personas que lo quieren. -Alargó el brazo y pasó cariñosamente el dedo sobre el dibujo-. Yo tenía cinco años cuando mis padres me lo regalaron. Parche era muy pequeñito, pero al cabo de pocos meses había crecido y ya era más grande que yo. -Apartó la mano lentamente y agregó-: Lo echo mucho de menos. Aunque es totalmente irremplazable, espero tener otro perro algún día.
– Dibuja usted muy bien, señorita Matthews -le aseguró Austin, devolviéndole el cuaderno.
– Gracias. -Ladeó la cabeza-. ¿Sabéis, excelencia? Seríais un buen modelo.
– ¿Yo?
– Sin duda alguna. Vuestro rostro es…
Hizo una pausa para estudiado durante un largo rato, inclinando la cabeza a un lado y al otro.
– Horrendo, ¿verdad?
– Cielo santo, no -replicó ella-. Tenéis un rostro de lo más interesante. Lleno de carácter. ¿Os importaría que os dibujara?
– En absoluto.
¿«Interesante»? ¿«Lleno de carácter»? No sabía muy bien si eso era bueno o malo, pero de una cosa estaba seguro: ésos no eran los piropos que le lanzaban habitualmente las mujeres de buen tono. Parecía que, al menos en lo tocante a los hombres, la señorita. Matthews actuaba sin malicia ni intenciones ocultas. «Es difícil de creer -pensó-. Y sumamente improbable. Pero pronto descubriré a qué está jugando.»
– ¿Os parece bien posar sentado debajo del árbol? -preguntó ella, escudriñando la zona circundante-. Apoyad la espalda en el tronco y poneos cómodo.
