– Qué mañana tan hermosa -comentó ella-. Me encantaría ser capaz de reproducir esos colores, pero no tengo talento para las acuarelas. Sólo se me da bien el carboncillo, y me temo que viene en un único color.

Austin señalo con un movimiento de la cabeza el cuaderno de dibujo que estaba junto a ella.

– ¿Me permite?

– Por supuesto -respondió ella, alargándole el cuaderno.

Austin examinó cada uno de los esbozos y comprobó enseguida que ella tenía mucho talento. Sus trazos vigorosos componían imágenes tan vívidas, tan llamativas, que parecían salirse del papel.

– ¿Habéis reconocido a Diantre? -preguntó ella, mirando por encima de su hombro.

El suave aroma a lilas lo envolvió de repente.

– Sí, es un retrato muy fiel de la bestezuela.

Levantó la vista del dibujo, y los curiosos destellos dorados en los ojos de Elizabeth captaron su atención. Eran unos ojos enormes, de color ámbar con toques dorados, como el brandy. Sus miradas se encontraron, y él quedó cautivo durante un rato largo. Una chispa le recorrió el cuerpo, acelerándole el pulso. Aunque estaba sentado en el suelo, de pronto se sintió como si hubiese corrido un kilómetro. Esta mujer producía un efecto de lo más extraño en sus sentidos. Y en su respiración.

Se aclaró la garganta.

– ¿Ha tenido la oportunidad de conocer a la familia de Diantre?

– Sólo a su madre, George.

– Entonces debe pasarse por los establos para conocer a Recórcholis, Caramba, Por Júpiter y a todos los demás.

Ella prorrumpió en carcajadas.

– Os estáis inventando esos nombres, excelencia.

– No, son auténticos. Mortlin iba bautizando a las bestias conforme nacían… y nacían… y nacían. Fue una camada de diez gatitos en total, y Mortlin les ponía nombres cada vez más… eh, floridos a medida que su madre los paría. La decencia me impide mencionar algunos de ellos. -Haciendo un gran esfuerzo, logró bajar de nuevo la vista hacia el cuaderno de dibujo-. ¿De quién es este perro?



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