– Aquí lo tiene. -Gracias, señor.

Se levantó la falda unas pulgadas y deslizó el pie dentro del zapatito. Tenía unos tobillos hermosos y esbeltos, y unos pies sorprendentemente pequeños para una mujer que debía de medir metro setenta. No estaba de moda que las mujeres fueran tan altas, pero aun así su estatura era muy adecuada. Austin fijó la vista en su rostro. Su cabeza encajaría a la perfección en el hombro de él, y podría acceder con facilidad a esa boca increíblemente carnosa…

Una oleada de calor le recorrió el cuerpo. Maldita sea, ¿es que había perdido el juicio? Un vistazo a ese tobillo había bastado para ponerlo fuera de sí. Se obligó a apartar la mirada de sus labios y la posó sobre el satisfecho gatito que ella acunaba en sus brazos. El animal abrió la boca en un espectacular bostezo.

– Parece que Diantre está listo para la siesta -comentó Austin.

– ¿Diantre?

– Sí. Una de las gatas parió hace diez semanas. Cuando Mortlin, el mozo de cuadra, encontró la camada en el establo, exclamó: «¡Diantre, fíjate en todos esos gatitos!». -A su pesar, una sonrisa se dibujó en sus labios-. En realidad, deberíamos sentimos afortunados. La vez anterior, la gata parió en la cama de Mortlin, y los nombres con que bautizó a las bestezuelas fueron mucho más… floridos.

Se formó un hoyuelo a cada lado de la boca de la señorita Matthews.

– Vaya, por lo visto la gata está siempre muy ocupada.

– Así es, en efecto.

– Parece saber mucho sobre Diantre y su mamá. ¿Vive usted cerca de aquí?



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