– ¿Cree usted que todo el mundo acecha entre los arbustos? Mi tía es una dama y no se dedica a espiar por ahí. -Observó a Austin achicando los ojos-. Santo cielo, debo de estar horrible. Me mira usted con una cara muy extraña. Como si hubiese probado algo muy ácido.

– No, no, tiene usted… buen aspecto.

Ella rompió a reír.

– Señor, es usted increíblemente caballeroso o extremadamente miope. O tal vez un poco de ambas cosas. Aunque agradezco el esfuerzo que hace por no herir mis sentimientos, le aseguro que no es necesario. Después de pasar tres meses a bordo de un barco zarandeado por el viento con rumbo a Inglaterra, me he acostumbrado a estar horrible. -Se inclinó hacia él, como disponiéndose a confiarle un importante secreto, y su aroma invadió los sentidos de Austin. Olía a lilas, una fragancia que él conocía bien, pues las flores moradas abundaban en los jardines-. Una inglesa que viajaba con nosotros era muy dada a hablar de los «advenedizos de las colonias». Gracias a Dios que no está aquí para presenciar esta debacle. -Levantó un pie, examinó las manchas de hierba en el zapatito que le quedaba y exhaló un suspiro-. Cielo santo. Soy todo un espectáculo. Me…

Un maullido la interrumpió. Al bajar la vista, Austin vio que un gatito gris salía de detrás del seto y se abalanzaba sobre el volante que la señorita Matthews arrastraba detrás de sí.

– ¡Ah, estás aquí! -Ella se agachó para recoger aquella bola peluda y le rascó detrás de las orejas-. ¿No has visto mi zapato en uno de tus viajes, diablillo? -le murmuró al gato-. Debe de haberse quedado enganchado en alguno de esos arbustos. -Se volvió hacia Austin-. ¿Le importaría mucho echar un vistazo?

Austin le clavó la mirada, intentando disimular su asombro. Si alguien le hubiese dicho que su búsqueda de soledad se convertiría en una misión de rescate del calzado de una chiflada, no lo habría creído. Una chiflada que le pedía que encontrase su zapato como si fuese un humilde lacayo. Hubiera debido indignarse y, tan pronto como se le pasaran esas ganas inexplicables de reír, sin duda se indignaría. Se acuclilló y se puso a examinar el seto del que había salido la señorita Matthews. Avistó el zapato perdido y lo sacó de los arbustos. Acto seguido se levantó y se lo entregó.



7 из 303