
Bell había reivindicado su inocencia, alegando que él estaba allí exclusivamente por «motivos de investigación»; su esposa lo había corroborado, la mayoría de su partido también y la cúpula de la Policía había optado por dar carpetazo al asunto. Pero entretanto los periódicos se habían cebado con Bell, y el diputado había acusado a la Policía de actuar en connivencia con la «prensa basura» para acosarle por su activismo político.
El resentimiento de Bell fue enconándose de tal modo que llegó a efectuar varias intervenciones en el Parlamento para denunciar la ineficacia de las fuerzas policiales y reivindicar la necesidad de un cambio. Y ahora en los ambientes policiales todos opinaban que causarían problemas.
A Bell lo habían detenido agentes de la comisaría de Leith, encargada, precisamente, del crimen del colegio Port Edgar.
Además, South Queensferry era de su jurisdicción.
Y por si aquello era poco, una de las víctimas era hijo de un juez.
Todo lo cual conducía al segundo motivo por el que se había convertido el tema del día en St Leonard. Se sentían excluidos. Era un caso de la jurisdicción de Leith, y no les quedaba otra opción que aguardar pacientemente por si solicitaban refuerzo de agentes. Pero Siobhan lo dudaba. El caso estaba claro, asesino y víctimas yacían en el depósito. Aunque para que Gill Templer…
– ¡Sargento Clarke, preséntese en el despacho de Jefatura!
El imperioso graznido surgió de un altavoz en el techo justo encima de su cabeza. Los dos agentes de la cantina se volvieron para mirarla y ella dio un sorbo a la lata procurando no inmutarse, pero sintió un escalofrío por dentro que no tenía que ver con el frescor de la bebida.
– ¡Sargento Clarke, preséntese en el despacho de Jefatura!
