Estaba delante de la puerta de cristal. Fuera, en el aparcamiento, su coche ocupaba disciplinadamente el hueco que le correspondía. ¿Qué haría Rebus, marcharse o esconderse? No pudo contener una sonrisa al encontrar la respuesta: ni una cosa ni otra; seguramente subiría los escalones de dos en dos hasta el despacho de la jefa convencido de que él tenía razón y de que ella, dijera lo que dijera, estaba en un error.

Tiró la lata y se dirigió a la escalera.


* * *

– ¿Sabe por qué quería verla? -preguntó la comisaria Gill Templer.

Estaba sentada a la mesa repleta de papeles con el trabajo del día. Por su cargo, Templer era responsable de la División B, que comprendía tres comisarías del sur de Edimburgo cuya Jefatura estaba en St Leonard. Su trabajo no era tan arduo como otros, aunque la situación cambiaría cuando finalmente trasladaran el Parlamento escocés a la nueva sede que estaban construyendo al pie de Holyrood Road. Templer dedicaba ya una desproporcionada cantidad de tiempo a reuniones relacionadas con las necesidades que se derivarían del nuevo Parlamento, y Siobhan sabía cuánto lo detestaba. Nadie ingresaba en la Policía por amor al papeleo. Sin embargo, el presupuesto y los gastos ocupaban cada vez más la mayor parte del trabajo; los oficiales de las comisarías que resolvían los casos de investigación sin sobrepasar el presupuesto eran ejemplares raros, y los que economizaban dentro del presupuesto, seres de otro planeta.

Siobhan se daba cuenta de que a Templer aquello le pasaba factura. Últimamente siempre tenía un aire de preocupación y comenzaban a apuntarle las canas. No lo habría advertido o no tendría tiempo para teñírselas. Empezaba a perder la batalla contra el tiempo, y Siobhan se preguntó qué precio se vería ella obligada a pagar para ascender en el escalafón policial. Suponiendo que a partir de aquel día siguiera teniendo una carrera en la Policía.



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