La cosa había empezado mal, y Siobhan comprendió enseguida que su «carta» jugaba exclusivamente según sus propias reglas. Se produjo un forcejeo en el que cedió la pata de una mesita de centro. El chapeado de pino dejó al descubierto el aglomerado. Siobhan se sintió peor que nunca; débil por haber embarcado a Rebus en aquello en vez de resolverlo sola; temblando y torturada en lo más profundo de su ser por la idea de que, sabiendo de antemano lo que sucedería, dejó que sucediera. Era instigadora y cobarde.

En el camino de vuelta pararon a tomar una copa.

– ¿Tú crees que hará algo? -preguntó ella.

– Fue culpa suya -contestó Rebus-. Si continúa acosándote ya sabe a qué atenerse.

– ¿A desaparecer del mapa, te refieres?

– Yo no hice más que defenderme, Siobhan. Tú lo viste -replicó él mirándola a los ojos hasta que ella asintió con la cabeza.

Era cierto: Fairstone se había abalanzado sobre él y Rebus le había empujado hacia la mesita con intención de neutralizarle sobre ella, pero se había roto la pata y cayeron al suelo durante el forcejeo. Todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. Fairstone, con voz temblorosa de rabia, mascullaba que se largaran mientras Rebus le amenazaba con el dedo repitiéndole que «no se acercara a la sargento Clarke».

– Lárguense los dos.

– Se acabó, vámonos -había dicho Siobhan dando a Rebus una palmadita en el brazo.

– No esté tan segura de que haya acabado bien -farfulló Fairstone echando saliva por la comisura de los labios.

– Más vale que sí, amigo, si no quiere que empecemos con los fuegos artificiales -fue lo último que dijo Rebus.



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